Leí sobre una epidemia en Los Miserables que nunca existió

Leí sobre una epidemia en Los Miserables que nunca existió

Ayer estaba leyendo Los Miserables y me topé con este párrafo:

“La gran epidemia de Garrotillo que devastó hace 30 años los barrios ribereños del Sena en París, y que la ciencia se aprovechó para experimentar en gran escala la eficacia de las insuflaciones de alumbre, tan útilmente reemplazadas hoy por la tintura externa del yodo.”

Me detuve ahí. Momento. ¿Gran epidemia? ¿Barrios ribereños devastados?

Hice lo que haría cualquier lector curioso: busqué. Y adivina qué: esa epidemia nunca existió así. El garrotillo (la difteria) sí era real, sí mataba niños, pero no hubo ninguna “gran epidemia” que “devastara” París treinta años antes de que Hugo escribiera esto.

Mi primera reacción fue pensar que Víctor Hugo se había equivocado. O que estaba exagerando, como hace a veces con sus descripciones de alcantarillas y batallas.

Pero entonces lo entendí.

No es un error. Es una acusación.

Hugo no está documentando historia médica. Está haciendo otra cosa: está denunciando.

Mira bien esa frase: “la ciencia se aprovechó para experimentar en gran escala”.

Eso no es neutral. No es descriptivo. Es una bofetada moral.

Lo que Hugo está diciendo es esto: cuando llega una enfermedad a los barrios pobres, los pobres no reciben cura. Reciben experimentos. Son material de prueba. Laboratorio involuntario. La ciencia progresa, sí, pero ¿sobre quién? Sobre los cuerpos de quienes no pueden decir que no.

El garrotillo en ese párrafo no es una bacteria. Es otra forma de injusticia.

La enfermedad como síntoma de algo peor

Hugo sabía perfectamente lo que estaba haciendo. En Los Miserables, la miseria no es solo falta de dinero. Es fragilidad estructural. Es vivir donde el Estado no llega. Es que cuando llega el progreso, llega primero como amenaza, como experimento, como riesgo.

El garrotillo mata porque vive en los barrios ribereños. Porque ahí están los niños mal alimentados, las casas húmedas, las madres que trabajan catorce horas y no pueden cuidar. La enfermedad es solo el mensajero. El asesino es la desigualdad.

Y cuando Hugo escribe sobre “insuflaciones de alumbre” y “tintura de yodo”, no nos está dando una clase de medicina del siglo XIX. Nos está diciendo: miren cómo el progreso usa a los pobres como banco de pruebas.

Por qué esto importa (incluso hoy)

Ese párrafo me persiguió toda la tarde porque suena terriblemente actual.

¿Cuántas veces hemos leído sobre experimentos médicos sin consentimiento en poblaciones vulnerables? Tuskegee. Guatemala. Pruebas de anticonceptivos en mujeres puertorriqueñas. ¿Cuántas veces las crisis —sanitarias, ambientales, económicas— golpean primero a los mismos barrios, a la misma gente?

Hugo lo sabía en 1862. Y lo escribió como si fuera un dato médico secundario, perdido entre miles de páginas sobre Jean Valjean y Cosette. Pero no es secundario. Es el corazón del libro.

Los Miserables no trata realmente de un ex convicto que se redime. Trata de un mundo que abandona a la gente y luego se sorprende cuando esa gente se enferma, roba, muere.

‘L’évêque et le forçat’, ilustración de Frédéric Lix para Los Miserables

La trampa de leer a los clásicos

Creo que muchos pasamos por alto este tipo de párrafos porque Hugo tiene fama de perderse en digresiones enciclopédicas. Leemos sobre la batalla de Waterloo, el argot de los criminales, las alcantarillas de París, y pensamos: “Ya, Victor, pero volvamos a Cosette”.

Pero Hugo no se pierde. Está acusando. Cada digresión es un alegato. Cada nota al pie es dinamita política.

Y ese es el problema de tratar a los clásicos con demasiada reverencia: los convertimos en museo y perdemos sus púas. Los Miserables no debería leerse con respeto silencioso. Debería leerse con rabia, con reconocimiento, con la incomodidad de saber que ese libro sigue hablando de nosotros.


Así que no, no hubo una gran epidemia de garrotillo que devastara París. Pero hubo —y hay— algo peor: un mundo donde la enfermedad es otro nombre para la injusticia, y el progreso, cuando llega a los pobres, llega como experimento.

Hugo lo sabía. Y lo dejó ahí, escondido en medio de una frase larga, esperando a que alguien lo notara.

Yo lo noté ayer. Y ya no lo puedo dejar de ver.

Categoría: Notas de lectura

Alexandra Patiño Gutierrez

Desarrolladora web. Lectora y librera en Tanto Libro.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

© 2025 — Diseño y desarrollo por Alexandra Patiño