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La verdad de las mentiras: por qué la literatura miente para salvarnos

23 abril, 2026

Hace unos días leí algo que me dejó pensando: Javier Cercas decía que “el novelista tiene terminantemente prohibido dar respuestas claras, taxativas e inequívocas“.

Y pensé: momento, ¿entonces para qué escribimos novelas? ¿Para qué las leemos?

Resulta que toda novela nace de una pregunta. Y todo el libro —todas esas páginas, todas esas mentiras inventadas— es un intento desesperado de contestarla. Pero al final del camino, cuando terminamos de leer, ¿cuál es la respuesta?

Que no hay respuesta.

O mejor dicho: que la respuesta es la propia búsqueda. La respuesta es la pregunta misma.


Cervantes, el primer gran mentiroso

Cervantes sabía esto perfectamente.

¿Miguel de Cervantes Saavedra el gran mentiroso?

En El Quijote hay un truco genial: el narrador nos dice que él no inventó nada, que simplemente tradujo un manuscrito que encontró en el mercado de Toledo, escrito por un tal Cide Hamete Benengeli, historiador árabe.

Es decir: Cervantes está mintiendo sobre quién escribió el libro. Pero al hacerlo, está dejando claro algo mucho más importante: la ficción necesita la mentira para revelar verdades.

Porque toda la novela gira alrededor de una pregunta: ¿Don Quijote está loco o no?

Y después de mil páginas, ¿qué descubrimos? Que Don Quijote está como una cabra, pero también es el hombre más sabio del mundo. Las dos cosas. Al mismo tiempo. El paso de la sin razón a la razón.

Eso es la ironía. Eso es la modernidad. Eso es lo que descubre Cervantes: que una cosa puede ser dos cosas a la vez. Que la verdad no es una línea recta, sino un nudo imposible de desatar.


Las preguntas sin respuesta

Esto que hace Cervantes se vuelve la esencia de la gran literatura.

Tomemos Moby Dick. La pregunta está clara desde el principio: ¿Qué es la ballena blanca? ¿Por qué Ahab está obsesionado con ella? ¿Qué persigue realmente?

Al final del libro, después de toda la tragedia, ¿qué es la ballena blanca? ¿Dios? ¿El mal? ¿El bien? ¿La muerte? ¿La vida?

Sí. Todo eso.

Grandes mentirosos de la literatura

O tomemos El proceso de Kafka. Toda la novela, K intenta averiguar de qué lo acusan. Al final lo matan. Y nunca sabemos por qué.

Pero justamente todo lo que Kafka tiene que decir, lo dice a través de ese no-saber. A través de esa oscuridad. Ese silencio es lo que vuelve la novela elocuente.

Cercas llama a esto el punto ciego: ese lugar donde no vemos nada, pero que es justamente la forma en que la novela ilumina. Como el ángulo muerto del retrovisor cuando conduces. No ves, pero sabes que ahí está la verdad.


Cuando Victor Hugo inventa una epidemia para acusar

Hace poco escribí sobre un pasaje en Los Miserables que me dejó confundida. Víctor Hugo menciona “la gran epidemia de Garrotillo que devastó hace 30 años los barrios ribereños del Sena en París“.

Busqué. Investigué. Y resulta que esa epidemia nunca existió así.

El garrotillo (la difteria) era real, sí. Mataba niños, sí. Pero no hubo ninguna “gran epidemia devastadora” treinta años antes de que Hugo escribiera eso.

¿Se equivocó Hugo? No. Estaba acusando.

Cuando dice que “la ciencia se aprovechó para experimentar en gran escala”, no está documentando historia médica. Está lanzando una denuncia moral: los pobres no reciben cura, reciben experimentos. Son laboratorio involuntario. El progreso avanza, sí, pero ¿sobre quién? Sobre los cuerpos de quienes no pueden decir que no.

Hugo inventó una epidemia para revelar una verdad: que la enfermedad es otra forma de injusticia. Que el garrotillo mata porque vive donde el Estado no llega.

Mintió en los hechos para decir una verdad brutal sobre la desigualdad.

Y eso me lleva directo a esto:

La ficción como tercera categoría

Desde Aristóteles se considera la ficción como una tercera categoría epistemológica, a medio camino entre la verdad y la mentira.

La historia nos dice: esto ocurrió en tal fecha, en tal lugar, a tal persona. Es verdad factual, concreta, verificable.

La mentira nos dice: esto no ocurrió, pero quiero que creas que sí (con intención de engañar).

La ficción nos dice: “Esto no ocurrió, ambos lo sabemos, pero vamos a actuar como si hubiera ocurrido. Y en ese juego vas a descubrir cosas sobre ti mismo que de otro modo no podrías ver.”

La ficción no esconde que es fantasía. Al contrario: su poder proviene precisamente de mostrar abiertamente sus características fantásticas. De su coherencia interna. De su organización estética.

Por eso Vargas Llosa la llama la verdad de las mentiras.


El novelista que se niega a mentir

Pero aquí viene lo interesante: ¿qué pasa cuando un novelista decide escribir sin ficción?

Cercas lo hace en El impostor y en Anatomía de un instante. Son lo que él llama “novelas sin ficción”. Todo lo que cuenta ocurrió realmente. No inventa nada.

¿Por qué?

Porque en ambos casos, la realidad ya era una ficción monstruosa.

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El golpe de Estado del 23 de febrero en España ya era una enorme ficción colectiva. Todo el mundo tiene una teoría. Nadie sabe realmente qué pasó. Escribir una ficción sobre otra ficción sería redundante. Lo que hacía falta era desenterrar la verdad bajo capas y capas de mentiras.

Lo mismo con Enric Marco, el protagonista de El impostor: un hombre que mintió durante décadas diciendo que había sido deportado a un campo de concentración nazi. Que dio cientos de conferencias. Que lloró frente a miles de personas. Que se convirtió en un símbolo de la memoria histórica.

Y todo era mentira.

¿Cómo escribes ficción sobre el mayor impostor de la historia reciente? No puedes. La única forma de iluminar esa mentira gigantesca es con la verdad.

Pero —y aquí está el genio de Cercas— aunque el libro no tiene ficción, sigue siendo una novela. Porque lo que hace que un libro sea novela no es la ficción. Es la forma.


La ambigüedad como invitación

Y aquí llegamos al corazón del asunto.

La literatura no nos da respuestas. Nos da ambigüedad. Nos da contradicciones. Nos da perplejidad.

La ambigüedad no es un defecto. Es el espacio que crea el autor para que el lector haga suyo el libro.

Como decía Paul Valéry:

“Las obras maestras no las escriben los autores. Las escriben los lectores”. Los lectores lo bastante empecinados, lo bastante encarnizados con el texto, como para descubrir en él cosas que ni siquiera el autor sabía que había puesto ahí.

Una novela sin ambigüedad es propaganda. Es un panfleto. Puede ser efectivo, pero no es arte.

El arte complica. El arte toma un problema y lo vuelve más complejo todavía. Nos enriquece la vida a base de hacérnosla más difícil.

Por eso los grandes novelistas son pésimos políticos. Un político toma un problema complejo y lo resuelve de la manera más rápida posible. Un escritor toma un problema complejo y lo convierte en un laberinto.


Geografías que nunca existieron (pero que conocemos mejor que nuestro barrio)

Hay algo todavía más radical: escritores que inventan países enteros.

William Faulkner creó Yoknapatawpha, un condado completo en Mississippi con sus pueblos, sus familias, su historia, sus fantasmas. Tiene mapa. Tiene genealogías. Tiene coordenadas. No existe. Nunca existió.

Manuel Mejía Vallejo hizo lo mismo con Balandú, un pueblo colombiano tan real, tan detallado, tan vivo que uno juraría que puede tomar un bus e ir a visitarlo. No puede. Es pura invención.

Y sin embargo, esos lugares son más reales que muchos pueblos que sí aparecen en el mapa.

¿Por qué? Porque la coherencia interna de una ficción bien construida produce una sensación de verdad más potente que la mera existencia geográfica. Porque Yoknapatawpha contiene verdades sobre el Sur profundo de Estados Unidos que ningún documental ha logrado capturar con esa intensidad. Porque Balandú es Antioquia—toda Antioquia, su violencia, su belleza, su tragedia—concentrada en un pueblo imposible.

La ficción no compite con la realidad. La ficción revela capas de la realidad que la simple facticidad no puede mostrar.


Por qué mentimos cuando leemos

Entonces, ¿para qué sirve todo esto? ¿Para qué necesitamos que nos mientan?

Porque hay verdades que solo existen dentro de ficciones.

La imaginación vuela cuando leemos

Porque Don Quijote no existió, pero su locura-sabiduría es más real que la de muchos que sí existieron.

Porque Madame Bovary nunca vivió en Normandía, pero el síndrome de querer vivir una vida a la altura de nuestros deseos es universal.

Porque K nunca fue arrestado sin saber por qué, pero todos hemos sentido esa angustia kafkiana de no entender las reglas del juego.

Porque Yoknapatawpha y Balandú no están en ningún mapa, pero contienen más verdad sobre sus países que cien tratados de sociología.

La literatura nos salva de dos tipos de banalización, como diría el filósofo alemán Martin Seel: por un lado, las sobre-explicaciones de las ciencias (que reducen la metamorfosis a biología molecular); por el otro, las incesantes distracciones de los medios (que convierten la experiencia en información desechable).

La ficción nos devuelve la capacidad de asombrarnos. De vivir con lo ambiguo. De renacer del vacío.


El 23 de abril: celebrar la mentira

Este 23 de abril, Día Internacional del Libro, celebramos justamente eso: la mentira organizada, la fantasía confesada, la ficción como forma de conocimiento.

Celebramos que Cervantes inventó a un loco para decirnos verdades sobre la cordura.

Que Melville inventó una ballena blanca para hablarnos de obsesión, destino y misterio.

Que Kafka inventó un juicio absurdo para mostrarnos la pesadilla de lo burocrático.

Y que todos esos libros, todas esas mentiras perfectamente construidas, nos dicen más verdad sobre nosotros mismos que cualquier tratado de psicología o cualquier noticia del periódico.

Porque como dice Cercas:

“Si uno no entiende que hay cosas más importantes que la verdad, no entiende lo importante que es la verdad”.


Feliz día de las mentiras que nos salvan. Feliz día del libro.

Posdata:

Cuando terminé de redactar este post pensé en un cuento maravilloso y deslumbrante que cambió por completo mi forma de escribir y leer: Continuidad de los parques de Julio Cortázar. Y aunque el escritor argentino no miente, si realiza un juego muy complejo donde mezcla la ficción con la realidad y mediante un sacudón llama al lector a participar de forma directa y se siente completamente involucrado. Es un claro ejemplo de como lo ficticio, lo real, la mentira, la verdad, la interpretación se mezclan y conviven.

Leí sobre una epidemia en Los Miserables que nunca existió

10 enero, 2026

Ayer estaba leyendo Los Miserables y me topé con este párrafo:

“La gran epidemia de Garrotillo que devastó hace 30 años los barrios ribereños del Sena en París, y que la ciencia se aprovechó para experimentar en gran escala la eficacia de las insuflaciones de alumbre, tan útilmente reemplazadas hoy por la tintura externa del yodo.”

Me detuve ahí. Momento. ¿Gran epidemia? ¿Barrios ribereños devastados?

Hice lo que haría cualquier lector curioso: busqué. Y adivina qué: esa epidemia nunca existió así. El garrotillo (la difteria) sí era real, sí mataba niños, pero no hubo ninguna “gran epidemia” que “devastara” París treinta años antes de que Hugo escribiera esto.

Mi primera reacción fue pensar que Víctor Hugo se había equivocado. O que estaba exagerando, como hace a veces con sus descripciones de alcantarillas y batallas.

Pero entonces lo entendí.

No es un error. Es una acusación.

Hugo no está documentando historia médica. Está haciendo otra cosa: está denunciando.

Mira bien esa frase: “la ciencia se aprovechó para experimentar en gran escala”.

Eso no es neutral. No es descriptivo. Es una bofetada moral.

Lo que Hugo está diciendo es esto: cuando llega una enfermedad a los barrios pobres, los pobres no reciben cura. Reciben experimentos. Son material de prueba. Laboratorio involuntario. La ciencia progresa, sí, pero ¿sobre quién? Sobre los cuerpos de quienes no pueden decir que no.

El garrotillo en ese párrafo no es una bacteria. Es otra forma de injusticia.

La enfermedad como síntoma de algo peor

Hugo sabía perfectamente lo que estaba haciendo. En Los Miserables, la miseria no es solo falta de dinero. Es fragilidad estructural. Es vivir donde el Estado no llega. Es que cuando llega el progreso, llega primero como amenaza, como experimento, como riesgo.

El garrotillo mata porque vive en los barrios ribereños. Porque ahí están los niños mal alimentados, las casas húmedas, las madres que trabajan catorce horas y no pueden cuidar. La enfermedad es solo el mensajero. El asesino es la desigualdad.

Y cuando Hugo escribe sobre “insuflaciones de alumbre” y “tintura de yodo”, no nos está dando una clase de medicina del siglo XIX. Nos está diciendo: miren cómo el progreso usa a los pobres como banco de pruebas.

Por qué esto importa (incluso hoy)

Ese párrafo me persiguió toda la tarde porque suena terriblemente actual.

¿Cuántas veces hemos leído sobre experimentos médicos sin consentimiento en poblaciones vulnerables? Tuskegee. Guatemala. Pruebas de anticonceptivos en mujeres puertorriqueñas. ¿Cuántas veces las crisis —sanitarias, ambientales, económicas— golpean primero a los mismos barrios, a la misma gente?

Hugo lo sabía en 1862. Y lo escribió como si fuera un dato médico secundario, perdido entre miles de páginas sobre Jean Valjean y Cosette. Pero no es secundario. Es el corazón del libro.

Los Miserables no trata realmente de un ex convicto que se redime. Trata de un mundo que abandona a la gente y luego se sorprende cuando esa gente se enferma, roba, muere.

‘L’évêque et le forçat’, ilustración de Frédéric Lix para Los Miserables

La trampa de leer a los clásicos

Creo que muchos pasamos por alto este tipo de párrafos porque Hugo tiene fama de perderse en digresiones enciclopédicas. Leemos sobre la batalla de Waterloo, el argot de los criminales, las alcantarillas de París, y pensamos: “Ya, Victor, pero volvamos a Cosette”.

Pero Hugo no se pierde. Está acusando. Cada digresión es un alegato. Cada nota al pie es dinamita política.

Y ese es el problema de tratar a los clásicos con demasiada reverencia: los convertimos en museo y perdemos sus púas. Los Miserables no debería leerse con respeto silencioso. Debería leerse con rabia, con reconocimiento, con la incomodidad de saber que ese libro sigue hablando de nosotros.


Así que no, no hubo una gran epidemia de garrotillo que devastara París. Pero hubo —y hay— algo peor: un mundo donde la enfermedad es otro nombre para la injusticia, y el progreso, cuando llega a los pobres, llega como experimento.

Hugo lo sabía. Y lo dejó ahí, escondido en medio de una frase larga, esperando a que alguien lo notara.

Yo lo noté ayer. Y ya no lo puedo dejar de ver.